idea metheone futbolin

Surge la idea de MeTheOne durante una partida de futbolín

Cuando menos te lo esperas surge la inspiración.

La tan satisfactoria sensación de haber logrado el Eureka se convierte en cuestión de poco tiempo en un ansia trascendental, sin embargo. Porque sabes que tienes ante ti una realidad no explotada, y no una realidad de bajo alcance. No. En ese momento sientes que puedes cambiar el mundo. Y sientes la obligación de hacerlo.

Esta descripción fue la que sentí cuando, hará ya más de 2 años visualicé una necesidad no satisfecha respecto del talento en el mundo. El talento: ese don que algunas personas alcanzan tras increíbles esfuerzos por superarse a sí mismos. Una necesidad continua e insatisfecha de descubrir el potencial interno de cada uno. Ña.

 

La partida transcurría con aparente normalidad. Habíamos bebido, #yoconfieso. En aquel mismo momento, en el que la racionalidad quedó fuera de juego tras la aparición estelar de una embriagada inspiración, sucedió. Una jugada técnicamente innovadora, al añadir una nueva dimensión (literal) al estilo siempre plano de tan recreativo juego, generó en mi cabeza una inminente explosión de visión clarificadora.

Aquello que había sucedido era genial. Inspirador. Tremendamente atractivo. ¡Único!

 

Un momento…

¿Único? 

 

En aquel momento mis divagaciones me llevaron a la certeza de la inmensa cantidad de situaciones en las que sucedía a diario una muestra de talento de calibre similar, en cientos y cientos de disciplinas diversas, en miles y miles de lugares de todo el mundo.

 

Y pensé en Internet. 

Y en YouTube.

Y en la sólida convicción de que el talento merecía su propio lugar. Un lugar único y conectado. Puesto que…

 

Las muestras de talento estaban ya en la calle, los talentosos habían salido a ella a mostrar su arte.

(haga el lector su propia interpretación de la metáfora)

Ahora sólo faltaba llevarlas a todas a un teatro. 

El Gran Teatro del Talento.

 

 

La pelota recorrió en parábola vertical el campo de juego, todo a cámara lenta, muy cinematográfico. Y mientras mis amigos reían, divertidos, ajenos a cualquier tipo de consideración más allá de su realidad inmediata, mi corazón palpitaba. 

 

Había llegado el momento.

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